Terapia de sonido

No es un domo, es una cápsula espacial.
Comencé la sesión tocando handpan en aquel recogido y precioso domo, mientras esperaba que llegase Román, que generosamente se había ofrecido a darme una sesión de sonido sanador para ayudar en la cura del desbarajuste intestinal que los parásitos me habían causado.
Cuando llegó, me tumbé en el colchón, bien arropado por la mantita (que en las frescas alturas de Gredos se agradece y reconforta).
Su tacto y su canto iniciaron el viaje. Le sentía presente, cuidadoso, cariñoso, humano, cercano. Ahí me pude relajar, respirar y ablandarme hasta caer rendido (rendido, ya no hay nada por lo que luchar, abrimos las murallas de la ciudad, confiamos en que quien llega lo hará para bien).
Me llevaba la respiración a la profundidad, reteniendo al final de la inspiración y de la expiración, sintiendo un campo energético muy potente, pero agradable y tranquilizador.
Disfrutaba muchísimo los momentos de vacío, expulsado todo el aire, creo que podría haber estado horas sin respirar. Pero aparecía uno de sus cantos armónicos y me tiraba del pecho como como un sutil hilo que lo abría, para que el aire entrase de nuevo, con una sensación de plenitud difícil de relatar.
Sentí las aguas de mi vientre removerse, con un sonido a cañería desatascándose; un suspiro.
Dos personas atascadas en la memoria emocional se desvanecieron permitiendo de nuevo el flujo de líquido vital.
Las manos de Román se sintieron firmes y tiernas, inocentes y sabias en mi cabeza. Era un gusto entregar todo mi peso en ellas.
Cuando se separó, mi cuerpo estaba casi fundido en el suelo, pero una sensación de levedad me hacía sentir levitar. Cuanto más me hundía en el suelo, más parecía elevarme sobre él.
Empezaron a sonar los gongs. Diosas y dioses, hadas y duendes, mariposas y jabalíes, ornitorrincos y suricatas, alguien que me explique de dónde sale ese sonido porque no lo entiendo, y me lleva, me lleva muy lejos.
Román desapareció en ese momento. Toda su humanidad tan sentida sólo hace un momento ya no estaba, ni su presencia, ni su cercanía. Sólo había un sonido sobre el que yo empezaba a flotar, hundido en el suelo, flotando en el aire, más allá del aire, allí donde sólo hay unas pocas partículas elementales atravesando los vacíos siderales.
Sí, amigos, no estaba en un domo, estaba en una cápsula espacial, flotando ingrávido, quién sabe en qué rincón de qué galaxia de qué universo…
¿Será que he visto muchas películas de ciencia ficción? ¿Será que escucho demasiados podcasts de astrofísica? ¿Será que alimento sin mesura la imaginación?
Quién sabe.
Lo que sí sé es que allí, flotando conmigo, estaba Guille, que también había entrado en aquella cápsula, y éramos dos objetos flotantes no identificados en mitad del cosmos, delicados como pompas de jabón, lentos como los que ya no tienen que llegar a ningún lugar.
Cuando terminó la sesión yo era una sonrisa con patas, y las patas también eran sonrisa. Pude ver el brillo de mis ojos en la geometría de aquel domo, y en la sonrisa y el brillo de los ojos de Román y de Guillermo.
Me dejaron a solas un rato más en aquel domo, pero no, a mí no me engañan, eso no es un domo, eso es una cápsula espacial…

Creo que este viaje resume bastante bien lo que siento en estos encuentros, y lo que creo que genera Román y la familia de Diafanitos.
A la base está la cercanía, el tacto, el cariño, el cuidado: a la base se respira humanidad. ¡Cuánto me han sanado cada uno de vuestros abrazos, de nuestras risas, de las miradas y conversaciones, de las músicas compartidas!
Luego, desde allí, empiezan a pasar cosas. Sí, cosas, que es la mejor palabra que he encontrado para expresar lo que está fuera del lenguaje. Sé que no es muy poética, pero es que pasan cosas, y luego la poesía se la lleva uno en el cuerpo.
Yo me llevé el corazón lleno de cosas, y los músculos llenos de poesía.
Al día siguiente de la sesión estaba mucho mejor, y bailé como atravesado por un dios al son de su tambor.
A los dos días estaba subiendo montes para hablar con pinos centenarios, nadando en profundas y gélidas pozas de aguas cristalinas, y trepando montañas escultóricas donde los celtas hicieron sus santuarios y moradas.
Después de dos meses de infierno corporal, de diarreas constantes, de perder 14 kilos, de perder toda energía para funcionar, creo que encontré el cierre, la culminación de un tratamiento con medicinas naturales, antibióticos, y cuidados nutricionales, en esa sesión de sonido sanador.
Mi trote todavía será lento, pero será seguro, hasta que pueda otra vez galopar (y en algún otro salto echar de nuevo a volar…)
Gracias Román García Lampaya, gracias familia.

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